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El Regreso de Juana Osah ( La maldicion de los gitanos)

 

Me siento realmente emocionada y querida. Yo, Juana Osah, escritora retirada, un buen día y después de seis años, he vuelto a escribir. ¡Gracias!

Todo había terminado ese 2 de noviembre, cuando sonó el teléfono. La voz de una mujer con un acento muy extraño, pero familiar, me dijo: "Ana, tu madre ha muerto. Iremos por ti", y colgó. Ese fue el fatídico día en que mi madre se llevo a la tumba y  con ella toda mi inspiración y, lo que es aún peor, su gran secreto. Sumida en una profunda tristeza, me sentía incapaz de escribir. Solo pensar que alguien intentaría asesinarme me desesperaba.

Por esos días, nos veíamos muy seguido con mi madre. Solía contarme la historia de unos gitanos que alguna vez visitaron el pueblo donde vivía de pequeña.

Después de la muerte de su madre, Ana comenzó a experimentar una suerte de sueños recurrentes. Siempre soñaba con la misma mujer: tez oscura, cabellos negros y largos. Adornaba su cabeza un pañuelo azul con flores rojas y una hilera de monedas enmarcaba su frente. Tenía una risa burlona y sarcástica que la iba transformando en un ser temible. En ese momento, y entre sollozos, Ana despertaba de su cruel pesadilla. Cada vez que lograba despertarse, casi sin aliento e inmovilizada del espanto, quedaba con la sensación de ahogo, miedo y la creencia de que todo había sucedido realmente. Y esa voz que le vaticinaba un espantoso desenlace: "Vas a morir igual que tu madre, Ana".

Ya han pasado seis años de aquel accidente. Ana agradeció a su público en la presentación de su nuevo libro de cuentos cortos, "Anima Oscura", que constaba de seis partes, una por cada año de su madre fallecida. "Anima Oscura" lo fue todo, el resurgir de la tristeza de su gran pérdida. Y lo que es aún más, lo escribió en tan solo dos meses.


El Reloj de Edith

En las afueras de Buenos Aires, en una noche tormentosa, Edith y su niño fueron echados de su casa de una manera muy violenta. Su suegra, oriunda de un pueblito del interior del país, había regresado tras la muerte de su hijo Antonio , sin más que reclamar que la vivienda y unas sillas destartaladas. La vieja, como la llamaba Edith, aprovechó la situación para desalojarlos sin ninguna piedad.

Antonio Contreras era un hombre de mucho corazón. Su carácter empático lo llevó a desposar a Inés, haciéndose cargo del pequeño que estaba gestando, de padre desconocido. Amalia, "la vieja" como la llamaba Edith, estaba enfurecida, viendo cómo Antonio era el hazmerreír del pueblo. Presa del odio, maldijo a Inés y, al dar a luz, esta falleció, dejando huérfano al pequeño Teo, como lo llamó Antonio. La vieja, enfurecida, volvió un tiempo a su pueblo. En ese entonces, Antonio conoció a Edith, la "madre salvadora" como la llamaba él, en un accidente Antonio perdió la vida y la vieja, volvió para vengarse.

La lluvia impetuosa azotaba ferozmente a Edith y a su niño. Sus pocas pertenencias habían quedado desparramadas en el barro. Edith lloraba y suplicaba entrar, golpeando la ventana de su casa por una noche más, al resguardo de aquella tremenda tormenta.

Una vieja cortina se cerró con un chasquido, y la luz se apagó, dejando a Edith y su niño en la oscuridad. La desesperación grabada en el rostro de Edith fue lo que hizo detener a Iván el gitano, un hombre algo tosco en apariencia, pero de modales impecables. Él, con su cabello ondulado y sus manos fuertes, contrastaba con ella, débil y lánguida, de cabellos rubios. Pero el niño, en cambio, era bien moro, con una melena oscura y ojos grandes, los tomo en sus brazos y se los llevo. Al bajar a Edith de su caballo, Iván quedó prendado de su belleza y de ese pequeño retoño de apenas dos años. Pero el era un hombre casado y sabia que no debia fijar los ojos en otra mujer y menos en una que no sea gitana. 

Él la acompañó hacia la puerta, donde la recibió Rosario, desconfiada, tímida. La miraba aterrada, como sabiendo quién era y lo que estaba por suceder. Dicen las malas lenguas que el vientre de Rosario estaba maldito, y el de su madre y el de su abuela, y que sabía perfectamente que ella jamás podría darle un varón a Iván, y él estaba desesperado.

Edith no sabía qué podría hacer, viuda, sola y con esa criatura. Teo no paraba de llorar. Iván estaba embobado con ella, a tal punto que Rosario temía perderlo. Ella sabía muy bien que él iba a abandonarla, Némesis  lo había visto en sus cartas.

Por esos días, la tensión de la piel se dejaba oler en el ambiente. Pero llego el dia que Rosario trato de evitar y no tuvo mas remedio. Una noche todos en rueda, sentados sobre almohadones de colores vivos que ornamentaban el lugar. Una llamada a la puerta hizo salir corriendo a Rosario: su hermana iba a dar a luz y ya no había tiempo, el niño venía de nalgas.

Edith quedó de frente a Iván. Todos se habían ido poco a  poco, como si el destino hubiese jugado su papel.

 Teo dormía en una habitación improvisada con una cortina. Iván se acercó a ella y se cumplió la profecía. Los amantes sintieron vergüenza de su acto tan impuro.

 Rosario se dio cuenta por mujer y por olfato, pero el ojo de una gitana vio lo que no tenía que ver y muy lejos de un arranque de celos, sabía que debía ganar.

A la mañana siguiente, Rosario tomó la mano de Edith, la miró muy tristemente a los ojos y, dejando caer dos lágrimas negras que rodaban por su rostro moro, tomando el reloj de oro de su marido y casi suplicándole, le dijo que ella estaba esperando un hijo de Iván,  Abrió sus manos y le dio el reloj.

-Úsalo para instalarte y conseguir un trabajo, aquí puedes dejar a Teo mientras tanto, nosotros te lo cuidaremos, te lo juro, menciono Rosario.

Edith presa de la vergüenza tomo el reloj beso a Teo, y huyo, sin saber que el destino le jugaría una mala pasada.



La casa de los niños perdidos ( Las casas tienen memoria)

Era una tarde de otoño. Por la ventana divisaba la hojarasca acumulándose en el patio. Teníamos un hermoso árbol, pero estaba casi completamente pelado. Hacía unos días que no me sentía bien. Las noches se me hacían eternas, me costaba dormir. Siempre iba por un té tibio de tilo con miel, como un pequeño ritual que no terminaba de calmarme. Pogo, mi gato callejero, solía hacerme compañía en la cama. Pero últimamente se quedaba junto a la ventana, inmóvil. Por más que lo llamara, no reaccionaba. Aun así, sabía que me escuchaba: rascaba el vidrio con una pata y emitía un sonido extraño, como un chillido contenido. Nos mudamos hace tres semanas, pero no tuve tiempo de desempacar. Apenas saqué algo de ropa; el resto sigue en diez cajas apiladas, que a veces siento que me observan y me piden que las abra. Anoche me pasó algo espeluznante. Estaba contemplando el patio, con su pasto ralo y el árbol desnudo, cuando vi caer una piedra. Enorme. Luego otra. Y otra. No sé cuántas. Solo vi cómo el suelo se estremecía. Del susto, Pogo se metió bajo la cama. Yo me quedé paralizada. Las piedras venían, creo, del fondo del patio… donde está esa baulera antigua, una especie de cuarto para herramientas y cosas que nadie usa jamás. No me atreví a salir. La luz del techo comenzó a parpadear… y la lámpara explotó. Pogo ya se había escondido bajo las sábanas. Yo crucé el pasillo casi corriendo, cerrando los ojos al pasar junto a esas cuatro muñecas extrañas que aún no tuve valor de sacar. Me metí en la cama con el corazón latiendo en el cuello. Nos dormimos envueltos en ruidos raros. A la mañana siguiente, Pogo me despertó lamiéndome la cara. Su lengua áspera me trajo de golpe a la realidad. Corrí hasta el living. Abrí las cortinas. Ahí estaba el árbol, perdiendo sus últimas hojas. Sus ramas, negras y secas, parecían dedos esqueléticos que intentaban atraparte. El parque estaba limpio. No había ni rastro de piedras. Solo la hojarasca, moviéndose en forma de remolino, como si danzara en un idioma que no entiendo. Esa misma mañana, una vecina muy anciana me saludó desde la reja. Me observó con una mezcla de lástima y advertencia. —¿Vos sos la que se mudó en la casa del fondo? —me dijo. Asentí. —¿No sabías? Esa casa está maldita. Ahí vivía el Hombre del Jardín. Me quedé helada. Esa tarde, investigué. Pregunté en el barrio, busqué en foros, hasta que encontré un blog olvidado donde contaban la leyenda. Hace más de ochenta años, vivía allí un hombre callado, sin familia, que según las malas lenguas, no era de este mundo. Decían que atraía chicos con dulces y juegos… pero nunca se los volvía a ver. Cuando lo descubrieron, lo mataron a piedrazos. Pero su cuerpo jamás apareció. En el jardín encontraron restos de huesos pequeños y cuchillos oxidados, enterrados en la tierra húmeda. Desde entonces, la casa quedó vacía por años. Quien se mudaba, se iba. Algunos aseguran que el hombre sigue ahí, en otro plano, como atrapado en un bucle, buscando los cuerpos de los niños que él mismo hizo desaparecer. Las piedras... las piedras son su lenguaje. Desde esa noche, cada vez que escucho una caer, sé que no estoy sola. Y que Pogo tampoco duerme. (Toda coincidencia no es casual. Las casas tienen memoria.)

Venecia sin ti, un descenso al abismo-

Altamira, con el corazón destrozado y el alma exhausta de tanto amar, corría por las callecitas laberínticas de Venecia. No era la Venecia romántica que conocía, la de los atardeceres dorados sobre el Adriático que tanto amaba. Esta era una ciudad de sombras y ecos, un laberinto acuático que reflejaba la tormenta en su interior. Llevaba arrastrando una maleta, cuyo peso no era solo el de la ropa, sino el de cada amor fallido, cada intento desesperado por aferrarse a un sentimiento que se le escapaba como la niebla entre los dedos.

Coqueta por naturaleza, siempre había adornado su vida con ilusiones, pero ahora, ni la belleza gótica de la ciudad lograba maquillar el abismo que sentía. Se esforzaba por seguir enamorada, lo juro, con cada fibra de su ser, pero la verdad era que el amor se había convertido en una carga. Una condena. Cada recuerdo de pasión, cada beso prometido, era ahora una punzada, un eco vacío en el rincón más íntimo de su ser. Ya no había dulzura, solo el amargo sabor de la derrota.

Levantó la vista, desorientada, sus ojos fijos en la negrura que se cernía sobre los canales. Un escalofrío le recorrió la espalda. De pronto, el brillo de la luna se rompió en el agua oscura, como un cristal que se quiebra, y en ese instante, una decisión fría y terrible se apoderó de ella. No era el miedo a morir lo que la atenazaba, sino el miedo a seguir viviendo sin sentir. El vacío se había vuelto un monstruo más grande que la propia muerte.

Apoyó la pesada maleta en las húmedas escalinatas del Puente de los Suspiros, ese lugar que había visto tantas promesas y tantas despedidas. Sus dedos, temblorosos, acariciaron el asa de la maleta como si se despidiera de una parte de sí misma, de una vida llena de intentos fallidos de amor. No dudó. No hubo grito. Solo el eco de su propio nombre susurrado por el viento helado, un adiós a la Altamira que había sido.

Se arrojó. Venecia, la ciudad que siempre había amado y que ahora parecía un sudario húmedo, se tragó a Altamira en un instante. El agua gélida y oscura la envolvió, no como un abrazo, sino como las garras de una criatura ancestral que por fin reclamaba lo que siempre había ansiado. No fue un ahogamiento, no. Fue una disolución. Una entrega anhelada. Cada burbuja que escapaba de sus labios no era aire, sino el último aliento de una esperanza rota. El dolor de no poder amar más, de estar vacía por dentro, era mucho más insoportable que el frío abrazo de la muerte.

Las sombras del canal la reclamaron, susurrándole secretos inaudibles mientras su esencia se fundía con las corrientes turbias, con la podredumbre centenaria que se escondía bajo los palacios. Desde esa noche, dicen algunos, en la más densa niebla veneciana, si miras con atención el agua oscura bajo el Puente de los Suspiros, podrás ver, por un instante, un leve destello en las profundidades. No es un reflejo de la luna, ni el brillo de un pez. Es el último eco de una coquetería desesperada, un parpadeo fugaz de los ojos de Altamira, eternamente atrapados en el abrazo frío de la ciudad, obligados a observar desde el abismo cómo los amantes suspiran sin saber que caminan sobre un corazón que se rompió no por la ausencia de amor, sino por la agonía de ya no poder sentirlo.

Mi muñeco vudu , microrrelato de terror

Débil, tirada en una cama, amanecí. La soledad mi única compañía, eso pienso, a lo lejos puedo observar un extraño objeto. Por más esfuerzo que hago en intentar enfocarlo, mi astigmatismo no me deja. Me intriga. Son como unos palitos que sobresalen de una pelotita, tarea imposible, para mis torpes ojos. Tomo una pelota y le atino al objeto. En ese instante, siento un dolor incapacitante en mi pierna, como si alguien me hubiera golpeado con un bate. En cuanto me recupero llamo a Jonás, mi perro, le ordeno que me lo alcance, Jonás obedece. En cuanto Jonás toma el objeto, siento como se me abre en dos la panza, y cuando me lo atrae, veo un muñequito vudú con mi rostro. Presa del espanto de que se lo coma mi pequeño Jonás, lo guarde en un lugar seguro y ahí quedara para siempre.

Destrato -MICRORRELATO POETICO-


Brabucón de vida vacía, con muchas expectativas. No puede sanar tristezas ni olvida sus pocas glorias.

Glorias irrelevantes, decadentes, cual humano enfermo, omnipotente. Destructor del ego de la gente, para sanar tu honor de poca monta.

Servil cual fuera un trato: "Yo me saco y también te saco". Vil mentira, sos un hombre fútil, carente en tu destrato.

El presagio, microrrelato de terror

Me acabo de despertar, vino mi padre a visitarme. Me preguntó como me encontraba. Cuando quise hablar, sentí algo extraño en mi boca. Se me estaban cayendo los dientes, los iba agarrando uno a uno, pero era imposible. Mezcla de saliva y sangre. Mire mi mano y un puñado de dientes ensangrentados estaban ahí amuchados. Abrí los ojos de golpe, mi padre no estaba ahí, el había fallecido hace varios meses, recordé. Corri al espejo del baño y estaban todos mis dientes en la boca. Fue una pesadilla o un presagio!

La mano asesina, microrrelato de terror

Abro mis ojos en la oscuridad de la noche, alguien me tapa la boca, no puedo ver nada. No logro calmarme, siento que me estrangula lentamente y como si estallaran mis pulmones, al mismo tiempo que logro encender la luz de noche. En mi último suspiro quiero sacar de mi cuello la mano que me estrangula, y el horror se apodera de mí. Tengo un miembro amputado y estoy bañada en sangre, morí del espanto.

El reflejo

Medianoche en punto. Me encuentro frente al espejo del baño, levanto la vista y miro mi reflejo. Soy yo, y no soy yo. Pongo media sonrisa de lado. Mi reflejo me devuelve la mirada y ladea la cara. Me toco los labios y repentinamente mi mano emerge de este, jalándome de los cabellos hacia mi.¡En donde estoy!, grito espantada.

Corina Katz y la Semilla de Amará

El eco de la medianoche: La Semilla de Corina Katz ¿Alguna vez sintieron el aliento frío del destino en la nuca? ¿Esa sensación de que algo inimaginable está a punto de desatarse? Yo sí, y déjenme decirles, Buenos Aires puede parecer una ciudad tranquila a medianoche, pero bajo sus luces parpadeantes, se esconden historias que desafían toda lógica. Anoche, el reloj marcaba las once y cincuenta y nueve en punto. La medianoche acechaba, ese instante preciso en que las almas en pena, o lo que sea que se arrastra en la oscuridad, deciden que es hora de salir de sus escondites. Y Corina Katz, amigos míos, estaba a punto de descubrirlo de la peor manera. Corina corría a toda prisa por una calle oscura y desolada, sintiendo cómo su propia sombra parecía querer tragarla. El único ruido en aquel silencio opresivo era el eco de las pisadas de sus finísimos zapatos negros. Su respiración se entrecortaba con cada zancada veloz, mientras una mano sostenía su boina negra tejida a mano, que caía de lado sobre su frondosa cabellera oscura. La oscuridad se hacía más inoportuna, más densa, y el viento jugaba entre las sombras y el miedo que la envolvía, un miedo que podía casi palparse en el aire porteño. Justo en el momento en que una especie de ente parecía estar a punto de atraparla desde atrás, Corina sacó de su piloto un manojo de llaves. Dobló en la esquina a toda prisa, casi tropezando antes de llegar a la calle Fonrrouge. Cayó a la vereda, pero se incorporó rápidamente, sin perder un segundo. Siguió su marcha durante unos veinte metros, su mano esbelta y sus uñas largas y prolijas sosteniendo el manojo de llaves del hotel. Estas golpeaban rítmicamente contra el vidrio biselado de la puerta de entrada, una melodía macabra en la quietud de la noche. Empujó dos o tres veces hasta que la puerta cedió. Corina corrió directo a su habitación, la 213. Temblando, logró abrir la puerta y la cerró de un portazo, empujando la mesa que yacía al costado para trabarla. Apenas logró encender la lámpara de escritorio, su única fuente de luz y, por un instante, de falsa seguridad. De improviso, la puerta fue azotada por golpes brutales. Sonaba como si algún tipo de animal la embistiera, con su cabeza intentando derribarla. El miedo la paralizó un instante. Corina, con una lucidez sorprendente para alguien al borde del colapso, tomó una bolsa de tela y esparció algo de su contenido bajo la puerta. Una luz tenue y dorada se encendió, sellando todo el borde con un brillo protector. Los ruidos cesaron. La bestia había sido contenida, al menos por ahora. Un hechizo, una bendición, ¿quién sabe? Pero funcionó. La Semilla y el Destino Corina se dejó caer sobre la alfombra, el corazón latiéndole desbocado contra las costillas. Sabía que la tregua sería breve. Aquella cosa, lo que fuera que intentaba derribar su puerta, la seguía. No era una persecución cualquiera; la quería a ella, o más bien, a lo que portaba en su interior. La voz de Amara, su antigua mentora, resonó en su mente, clara como el agua helada: "Corina, el tiempo se agota. La Semilla… no puede ver la luz de este mundo en ese receptáculo." ¿Un receptáculo? ¿Qué demonios significa eso? Con manos temblorosas, Corina sacó un pergamino ajado de su cartera. El mapa, garabateado con tinta pálida, mostraba una ruta hacia el Mercado de las Sombras, un lugar donde los velos entre los mundos eran más delgados, donde la realidad se difumina y lo imposible cobra forma. Allí, en el corazón de un laberinto de callejones y portales ocultos, la esperaba Malachi. Él era el único que poseía el Amuletro de Vorlag, el único artefacto capaz de sellar la conexión de la bestia con este plano y evitar el nacimiento de su progenie oscura en la Tierra. Suena a una película de terror, ¿verdad? Pero esto es la vida real, o lo más parecido que existe en el mundo oculto. El hotel no era más que un refugio temporal. Corina sabía que debía salir antes del amanecer. La bestia, aunque momentáneamente repelida, encontraría la manera de romper la barrera. Se levantó con una resolución fría, el agotamiento luchando contra la adrenalina. Tenía que llegar a Malachi. La vida de su no-nacido, y quizás la de todo el mundo, dependía de ello. Recogió sus pocas pertenencias, sus ojos oscuros fijos en la puerta sellada, sabiendo que la verdadera carrera apenas comenzaba. La ciudad dormía, ajena al horror que se gestaba y a la joven que, en silencio, se preparaba para un encuentro con el destino, un encuentro para el que no había retorno. Escalofriante. Corina era una heroína sin saberlo, cargando con un peso que pocos podríamos soportar. El Guardián en la Oscuridad Malachi esperaba. No con la ansiedad febril de Corina, sino con la paciencia inmutable de quien ha presenciado innumerables ciclos de luz y sombra. Su puesto en el Mercado de las Sombras era poco más que un cubículo oscuro, oculto tras cortinas de terciopelo que absorbían la escasa luz de los faroles parpadeantes. El aire, denso con el aroma a incienso rancio y a magia antigua, era su eterno compañero. Había sentido la perturbación. La Semilla, ese fragmento de oscuridad primigenia, había despertado, y una bestia de la noche la perseguía. La Semilla, la clave de todo. ¿Qué poder reside en ella? Malachi, con su piel curtida como cuero viejo y ojos tan profundos como pozos sin fondo, repasaba mentalmente los conjuros de protección, los mismos que había usado por siglos para resguardar el Amuletro de Vorlag. El amuleto, una gema oscura que palpitaba con una luz interna, no era solo un objeto de poder; era una prisión, un sello contra las incursiones de lo inefable en este plano. La voz de Amara, distante pero clara, le había advertido de la llegada de Corina. "Ella porta la Semilla, pero no es su dueña", había susurrado la mentora en uno de sus sueños lúcidos. "Ayúdala, Malachi. Solo tú puedes evitar que la oscuridad eche raíces". Malachi era el guardián de una sabiduría milenaria, el último bastión contra algo que va más allá de nuestra comprensión. Sabía que el viaje de Corina sería arduo. El Mercado de las Sombras no era un lugar para los débiles de corazón. Cada callejón era un laberinto, cada sombra una posible trampa. Los susurros del viento llevaban historias de almas perdidas y tratos peligrosos. Pero Malachi confiaba en la joven. Había visto su resiliencia en las visiones, su determinación férrea frente al miedo. Lo que lo preocupaba no era tanto la llegada de Corina, sino la bestia que la acechaba. Una entidad de pura malevolencia, hambrienta de la energía de la Semilla, capaz de romper barreras que pocos seres podían. El crujir de una rama fuera de su puesto lo alertó. No era Corina. Era la bestia. Podía sentir su presencia, una ola de frío gélido que se arrastraba por los pasillos del mercado. No había logrado romper el sello de Corina en el hotel, pero su determinación era implacable. Estaba buscando, olfateando el rastro de la Semilla. Malachi se puso de pie, su túnica oscura ondeando a su alrededor. El Amuletro de Vorlag, que colgaba de su cuello, brilló con más intensidad. Sabía que el tiempo se acortaba. Tenía que preparar el ritual. La llegada de Corina no sería el fin, sino el comienzo de la verdadera batalla. La oscuridad se acercaba, y Malachi, el guardián de un antiguo poder, estaba listo para enfrentarla. La escena estaba montada. Los jugadores en posición. ¿Pero qué pasa cuando la pieza más importante llega al tablero? La Convergencia del Destino Corina irrumpió en el Mercado de las Sombras, el mapa de Amara arrugado en su mano temblorosa. Los callejones se retorcían como pesadillas vivas, las sombras danzaban y se burlaban, y cada susurro del viento parecía llevar la advertencia de una amenaza inminente. El aire, denso con incienso rancio y magia antigua, la oprimía. Sentía a la bestia a sus espaldas, no solo por el frío que la erizaba, sino por el repentino silencio, un pánico ahogado que invadía a las pocas figuras fantasmales que aún se movían por el mercado, disipándose a su paso. La barrera del hotel había cedido. La criatura había entrado. Un puesto de amuletos extraños, cuyas cuerdas tintineaban con una melodía lúgubre, apareció a su derecha. La anciana vendedora, de ojos lechosos y piel apergaminada, la miró fijamente. "Corre, niña. La oscuridad se acerca, y lo que llevas dentro la llama con fuerza." No necesitaba más confirmación. La bestia estaba pisándole los talones. Justo cuando los golpes resonaron en el exterior del cubículo de Malachi, Corina se desplomó dentro, tropezando con las pesadas cortinas de terciopelo. Su respiración era entrecortada, sus ojos, grandes y llenos de terror, se fijaron en la figura impasible del guardián. Él la observó, notando la urgencia en sus gestos y la incandescencia sutil que emanaba de su vientre, la inconfundible energía de la Semilla. "Malachi," jadeó Corina, su voz apenas un susurro que se perdió en el denso aire. "Me encontró." El guardián asintió gravemente, su rostro curtido no delató sorpresa alguna. "Lo sé, Corina. Ha llegado el momento." Los golpes en la puerta se hicieron más violentos, la madera crujiendo y astillándose, amenazando con ceder en cualquier instante. Malachi se movió con una agilidad sorprendente para su edad. Desenvolvió el Amuletro de Vorlag, su gema oscura pulsando con una luz interna que irradiaba antiguos grabados. "Debemos actuar rápido," dijo, su voz resonando con una autoridad milenaria. "El ritual sellará la conexión de la bestia con este plano y protegerá a la Semilla. Pero esta barrera no aguantará mucho más." Comenzó a trazar símbolos complejos en el suelo con una tiza luminosa, entonando conjuros en una lengua ancestral que parecía vibrar en el mismo aire. Corina, aunque exhausta, se mantuvo firme a su lado, sus ojos oscuros fijos en la puerta, esperando el inevitable asalto. La bestia gruñía y embestía con una furia primitiva, su frustración palpable. La luz del amuleto se intensificaba con cada palabra de Malachi, creando un campo de fuerza que por momentos parecía repeler la oscuridad invasora. De repente, la puerta se astilló con un estruendo y una garra inmensa y sombría se abrió paso, desgarrando la madera como si fuera papel. El aire se volvió glacial, el aliento de la bestia llenando el pequeño cubículo. Los ojos rojos de la criatura brillaron en la oscuridad, fijos en Corina, en la Semilla. "¡Corina, concéntrate!", exclamó Malachi, su voz tensa pero firme. "La Semilla debe estar en calma para que el ritual funcione. Tu miedo la agita." Corina cerró los ojos por un instante, respirando hondo, tratando de calmar el latido desbocado de su corazón. La Semilla… tenía que protegerla. El destino de su nonato, y quizás el de todo el mundo, pendía de ese hilo. Abrió los ojos, su mirada ahora cargada de una feroz determinación. La bestia ya estaba abriéndose paso por el hueco de la puerta, la sombra se alargaba y retorcía, intentando atraparla. Malachi aceleró sus conjuros, el Amuletro de Vorlag brillando con una luz casi insoportable. Los símbolos en el suelo pulsaron, y una corriente de energía dorada se elevó, envolviendo a Corina. La bestia rugió, un sonido que desgarró el tejido del aire, mientras intentaba abalanzarse sobre ella. Pero la energía, como un escudo invisible, la repelió, aunque no sin esfuerzo. "¡Ahora, Corina! ¡Visualiza el sello! ¡La Semilla y el amuleto deben unirse!", urgió Malachi, con la voz cargada de esfuerzo. Corina, con toda la fuerza que le quedaba, extendió una mano hacia el Amuletro de Vorlag. La gema oscura que colgaba del cuello de Malachi respondió, emitiendo una luz que se entrelazó con la energía dorada que la envolvía. La Semilla dentro de ella vibró, no con miedo, sino con un poder ancestral que resonó con el amuleto. Un gemido de pura agonía escapó de la bestia mientras su forma sombría comenzaba a disiparse, arrastrada por una fuerza invisible. La conexión se estaba rompiendo. La oscuridad se retiraba, forzada a volver a su plano. El Amanecer de una Nueva Era El cubículo se llenó de un silencio repentino, roto solo por la respiración agitada de Corina y el suave pulso del Amuletro de Vorlag. La bestia había desaparecido, expulsada, sellada. Malachi se desplomó contra la pared, exhausto, pero con una sonrisa tenue en su rostro curtido. "Lo lograste, Corina. Lo logramos." Corina sintió una profunda calma invadirla, una sensación de paz que no había experimentado en horas, quizás en días. La Semilla dentro de ella, antes una fuente de miedo, ahora irradiaba una luz cálida y protectora. La noche comenzaba a ceder, y por las grietas de las cortinas del Mercado de las Sombras, el primer rayo de sol se colaba, tiñendo el oscuro cubículo de un tenue color dorado. El amanecer. La bestia no vería la luz en este mundo. La progenie oscura no nacería. Y así, mis queridos lectores, la medianoche en Buenos Aires fue testigo de una batalla que nadie vio, de un pacto que salvó no solo a una joven, sino quizás al mundo entero. La saga de Corina Katz y su Semilla apenas comienza. La pregunta ahora es: ¿Qué es realmente la Semilla? ¿Qué destino le espera a Corina y a esa vida que lleva dentro, ahora que el peligro inmediato ha pasado? Porque en el mundo oculto, cada amanecer trae consigo nuevas sombras. Y yo, Selene Blackwood, estaré aquí para contárselas.

Mariana y Ella ( EL DESPERTAR DEL ECO Y LAS CARTAS)

Siete de la mañana. La melodía de "Hey Hey, My My" de Neil Young se filtraba desde el celular. La mano de Mariana, aún con los ojos cerrados, tanteó la mesa de noche. Amaba esa canción y la dejó sonar unos segundos más, tarareándola, traduciendo la letra en su mente. El botoncito mágico silenció la alarma. Inspiró por la nariz, exhaló lentamente por la boca. "Solo pensamientos positivos", se repitió una y otra vez, relajándose, esbozando una gran sonrisa. Ella, como si estuviera contenta y decidida. Mariana se despertó entusiasmada. Ayer, Ella le había dejado una carta bajo su almohada, contándole que quería irse de viaje nuevamente, pensaba en París o quizás Roma, y no sabía si regresaría. Mariana se lamentó, pero sonrió. Sabía que la extrañaría, aunque se hiciera la dura. Su interior se inundó de melancolía, sintiendo una gran piedra que la aplastaba y la dejaba inmóvil. Recordó cuando Ella se fue todos esos años y la dejó vacía. "Perfume de un naranjo en flor…", susurró, una reminiscencia de viejos dolores. La Dualidad en Vuelo Ella flotaba entre nubes, contando estrellas, mirando los aviones desde su ventana y fantaseando con que algún día su amor iría a rescatarla y la llevaría a recorrer París, a construir castillos en el aire. Los castillos de verdad eran grandes, fríos, grises, con escaleras tan largas que daba fiaca subirlas. Ella quería esos que se armaban y desarmaban a su antojo. Ella quería todo a su antojo. Saltó, rió y bailó, y... recordó la carta que le había dejado a Mariana. Un manojo de nervios oprimió su estómago. "Qué macana me mandé", pensó. Sabía que Mariana se iba a revelar, y que debería pasar a la acción drásticamente. Puso la pava en el fuego e imaginó parando en alguna cafetería de París o de Venecia. Tenía trompa y el ceño fruncido. El entusiasmo de esa mañana se había desvanecido. Ella había dejado una carta de puño y letra contándole que se había enamorado, o pensaba que se había enamorado, como siempre, y que seguramente sufriría. Luego fantasearía con filetearse las venas y dejar un regadero de sangre en la bañera, esperando que alguien viniera a rescatarla: quizás su amado, su madre, su perro, o quizás viajaría a París y ya no regresaría. La Respuesta de Mariana La pava comenzó a silbar. Mariana se recuperó del letargo en el que se había sumergido. Planeó y pensó. Esta vez necesitaba ser más dura con Ella, o quizás más tierna. ¿Y si le demostraba amor? Porque creía que la amaba. A veces, cuando Ella temblaba o se emocionaba, se aferraba a ella, inundándola de sentimientos a los que era tan reacia. Era como un parásito, en el buen sentido de la palabra. Tomó un pedazo de papel de sus apuntes y una birome, se acomodó en su cama con los ojos empañados de lágrimas y escribió: Porque me decís estas cosas… Cómo enamorarte, ¡eso es para cobardes, y vos no sos cobarde! Eso déjalo para las adolescentes que miran novelas y escuchan temas de amor y de puros cuentos. Perdóname, ¿no te dije mil veces que el amor romántico no existe? Es solo una hormona revolucionada, disfrazada de besos, corazones y bombones de chocolate, y que todo eso después lastima y se cura con alcohol, y con besos de otra boca. Pero… ¡pero todo te tengo que contar! Te pido por favor, vení a verme y de paso si querés me contás del chico de ojos café, así te hago cambiar de idea, TONTITA. Como cuando me hablaste del rubio de ojos azules, ¿te acordás? El que vivía en Europa, y me lo dijiste ese día en que estábamos tomando un café en Piazza San Marco en Venezia. Qué lindo, esa noche estabas bastante ebria, esa eras vos esa vez, te reías a carcajadas contándome cuando él te dijo que te amaba. ¿Te acordás cuando vino a Buenos Aires con su porte, y ese traje que le quedaba soñado? Yo no sabía si reírme o llorar, qué pena. Debería haber estado ahí e impedir que se fuera tan triste, pero me lo contaste después que él se tomó ese avión a no sé dónde. Bueno, te dejo ahora. Cuando vengas vamos a hablar duro y tendido, hace tanto que no te veo, solo te limitás a dejarme alguna cartita debajo de mi almohada, como si me tuvieras miedo. ¡¿Miedo de mí?! ¡Si te cuido de los dolores de esta vida! Te quiero. P.D.: Sos mi revolucionaria, no te enamores. El Bucle Infinito Ella estaba casi segura de que lo amaba, y estaba casi furiosa cuando encontró la carta. "Bla blablabla… muy lindo todo y qué hago, a ver… ¿lo dejo pasar? ¿Le planto un portazo en la cara, como al rubio europeo ese que me juraba amor eterno y se había olvidado que tenía una novia esperándolo? ¡Sí!, se fue, pero la hubiera dejado por mí, va, eso me dijo. Me acuerdo de esa noche cuando me dijo que me amaba, llegué corriendo y temblando y se lo dije a Mariana: 'Va a dejar todo por mí, me dijo que lo espere, me llevó a una fiesta y me presentó como la novia, qué papelón'. Lo único que recuerdo es que perdí la conciencia y la recuperé tres días después, creo que estaba toda besada y mordida… ¡¿Eso es amor?!" Aun así, no podía negarse a sí misma el galope de su sangre. "¡Corre por mis venas el amor!". Planeó no escucharla más esta vez. "Corto mano, corto fierro". Arrugó la carta en la mano y la encestó en la basura. Al grito de "¡Gol!". Luego, con una determinación que parecía ajena a su ira anterior, Mariana tomó un nuevo papel y escribió con mano firme, en una letra que reflejaba la personalidad de Ella, la frase que Ella acababa de "pensar" para Mariana: Ya no iré a visitarte, no es justo que sientas por mí algo tan fuerte, me destroza el alma cuando pienso en vos y la verdad tengo que dejarte, ya no vuelvas tampoco, no voy a ir a buscarte, tengo razones suficientes para negarme a sufrir. Ya todo ha terminado. Atte. Ella Pero mientras escribía, una sonrisa amarga apareció en su rostro, la misma sonrisa que se había dibujado horas antes al despertar. La voz de Mariana volvió a resonar en su cabeza, casi superponiéndose con sus propios pensamientos de Ella: "Qué lástima, pobre Mariana se niega al amor, se niega a los placeres y se niega a mí… o se cree que soy boba, que puedo estar enamorada. Pero aún no he perdido el juicio. Le comenté que amo un tema en francés, que me recuerda a él, y se hace la desentendida. 'Éblouie par la nuit, Éblouie par la nuit'. Voy a repetirlo mil veces hasta que lo pronuncie perfecto y se lo voy a cantar cuando la mire a los ojos, a ver qué cara pone la infeliz. Ay, ay… ¡el amor es para cobardes! Y yo, yo, yo… pienso que el amor es para valientes. Oui madame, oui Monsieur, el amor es para gente como una, déjame vivir, MARIANA." Sin pensarlo, su mano volvió a la birome y, sobre el mismo papel, comenzó a añadir: Te escribo otra vez, intenté hablarte y no tengo respuesta alguna, quiero una cita o vení a visitarme. Ahh, me olvidaba, vino el chico de ojos color café, creo que era él, lo saqué por la mirada, de esa que enamoran y desvelan a cualquiera. Hay que tener fortaleza para no enamorarse, en eso tenés razón. Preguntó por vos y yo le dije que te habías ido a París, que yo no te pude acompañar, quizás hice mal, o quizás no. Igual no te preocupes, si te quiere va a volver, o se irá a buscarte, en algún lado de los Campos Elíseos, seguro va a encontrarte si se lo propone, pero creo que a él no le importás demasiado, encogió los hombros, dio un paso hacia atrás y se marchó… Perdón, perdón, amiga, te mentí esta vez, bueno, alguna vez también lo hice, a veces las mentiras piadosas no se cuentan como mentiras. P.D.: Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamientos… — Espera, ven, ven… hay algo para ti. Y en un nuevo arrebato, borró las últimas líneas y reescribió, con la letra temblorosa de Mariana, la carta de despedida que ya había leído una y otra vez, de su propio puño y letra, escrita en un momento en que era Ella: Ya no iré a visitarte, no es justo que sientas por mí algo tan fuerte, me destroza el alma cuando pienso en vos y la verdad tengo que dejarte, ya no vuelvas tampoco, no voy a ir a buscarte, tengo razones suficientes para negarme a sufrir. Ya todo ha terminado. Atte. Ella La mano se detuvo. El papel, ahora un amasijo de textos superpuestos y tachaduras, yacía en su regazo. Los ojos de Mariana, o los de Ella, miraron el caos de palabras, la lucha interna plasmada en tinta. La melodía de Neil Young volvió a sonar en su mente, distorsionada, un eco incesante. Se levantó, la mirada perdida, dirigiéndose al espejo. En el reflejo, dos expresiones se superponían y se alternaban, una de melancolía profunda, otra de furia desafiante. La sonrisa y el ceño fruncido. La fortaleza y la vulnerabilidad. Ella y Mariana, Mariana y Ella. Atrapada. Para siempre.

La dama de blanco ( Historias urbanas)

La Dama de Blanco del Cementerio de la Recoleta

En el barrio porteño de la Recoleta se encuentra uno de los cementerios más emblemáticos y lujosos de Buenos Aires. Imponentes bóvedas adornan el lugar, donde el lujo es tal que las familias más acaudaladas se aseguraban un lugar de descanso eterno, convencidas de que así también tendrían su sitio en el paraíso. Lleno de monumentos que representaban a la persona en vida, el Cementerio de la Recoleta, además de ser el lugar donde descansan figuras tan conocidas como la señora Eva Duarte de Perón, cuya bóveda es visitada a diario por casi todos los turistas que pasan por nuestra hermosa República, es el escenario de interesantes historias que hoy empezaré a narrar.

Hoy traigo a la memoria una de las historias más atrapantes de la época, una que a mi madre le encantaba contar: historias de amores, odios, muertes, amantes y, por qué no, de fantasmas, uno de mis temas favoritos. En una de mis publicaciones anteriores, les conté una leyenda urbana sobre una muchacha que mancha su vestido con café y huye despavorida, mientras su amor la sigue y ella se esfuma en la puerta del cementerio. Pero la verdadera historia comienza en un bar de la Recoleta.

Luz María García Velloso, de 15 años, murió de leucemia en 1925. Si de leyendas urbanas se trata, Luz María, o la Dama de Blanco, se llevaría el primer puesto. La hermosa joven sale a tomar algo por la tardecita-noche por la Recoleta y conoce a un caballero que queda impactado por su belleza. Como comienza a refrescar y él la ve un poco pálida y desabrigada —ya que lo único que llevaba puesto era un vestido largo blanco, de ahí su apodo—, el joven, muy atento, le ofrece su abrigo. Al apoyárselo en los hombros, nota que la muchacha está tan fría como el mármol. Osadamente para la época, el caballero la invita a tomar un café, lo cual ella acepta sin dudar. Al primer sorbo, torpemente, ella derrama café sobre la solapa del saco que tenía puesto.

De un momento a otro, ella le dice que tiene que irse y sale huyendo del lugar. Al día siguiente, él va a buscarla a su casa con la excusa de recuperar el saco, pero en lugar de eso, se encuentra con la noticia más aterradora que jamás hubiera imaginado: la madre de Luz le informa que su hija había muerto de leucemia. Para disipar sus dudas, lo acompaña al cementerio. Cuando se abre la bóveda, el muchacho se encuentra con que sobre el féretro estaba su saco, con la mancha de café.

Algunas alternativas a esta historia cuentan que, después de volcar el café en el saco, ella se asusta y sale huyendo despavorida. Él la sigue de cerca, aunque no puede alcanzarla, y cuando pasan por la entrada del cementerio, ella se esfuma. El caballero golpea la puerta del lugar con desesperación, casi al borde del llanto. El cuidador, que lo escucha, le pregunta qué le pasaba e intenta calmarlo. El caballero le explica la historia y el cuidador lo lleva directamente hasta la tumba de Luz María, pues ya estaba acostumbrado a ver a la señorita deambulando por el cementerio en la noche. El muchacho acompaña al cuidador y, en la puerta de la bóveda, apoyado, se encontraba el saco con la mancha de café. Versiones cuentan que el muchacho enloqueció y jamás se supo nada más de él.


P.D.: ¿Habrá llevado el saco a la tintorería?

El Regreso de Juana Osah ( La maldicion de los gitanos)

  Me siento realmente emocionada y querida. Yo, Juana Osah, escritora retirada, un buen día y después de seis años, he vuelto a escribir. ¡G...