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Mariana y Ella ( EL DESPERTAR DEL ECO Y LAS CARTAS)
Siete de la mañana. La melodía de "Hey Hey, My My" de Neil Young se filtraba desde el celular. La mano de Mariana, aún con los ojos cerrados, tanteó la mesa de noche. Amaba esa canción y la dejó sonar unos segundos más, tarareándola, traduciendo la letra en su mente. El botoncito mágico silenció la alarma. Inspiró por la nariz, exhaló lentamente por la boca. "Solo pensamientos positivos", se repitió una y otra vez, relajándose, esbozando una gran sonrisa. Ella, como si estuviera contenta y decidida.
Mariana se despertó entusiasmada. Ayer, Ella le había dejado una carta bajo su almohada, contándole que quería irse de viaje nuevamente, pensaba en París o quizás Roma, y no sabía si regresaría. Mariana se lamentó, pero sonrió. Sabía que la extrañaría, aunque se hiciera la dura. Su interior se inundó de melancolía, sintiendo una gran piedra que la aplastaba y la dejaba inmóvil. Recordó cuando Ella se fue todos esos años y la dejó vacía. "Perfume de un naranjo en flor…", susurró, una reminiscencia de viejos dolores.
La Dualidad en Vuelo
Ella flotaba entre nubes, contando estrellas, mirando los aviones desde su ventana y fantaseando con que algún día su amor iría a rescatarla y la llevaría a recorrer París, a construir castillos en el aire. Los castillos de verdad eran grandes, fríos, grises, con escaleras tan largas que daba fiaca subirlas. Ella quería esos que se armaban y desarmaban a su antojo. Ella quería todo a su antojo.
Saltó, rió y bailó, y... recordó la carta que le había dejado a Mariana. Un manojo de nervios oprimió su estómago. "Qué macana me mandé", pensó. Sabía que Mariana se iba a revelar, y que debería pasar a la acción drásticamente.
Puso la pava en el fuego e imaginó parando en alguna cafetería de París o de Venecia. Tenía trompa y el ceño fruncido. El entusiasmo de esa mañana se había desvanecido. Ella había dejado una carta de puño y letra contándole que se había enamorado, o pensaba que se había enamorado, como siempre, y que seguramente sufriría. Luego fantasearía con filetearse las venas y dejar un regadero de sangre en la bañera, esperando que alguien viniera a rescatarla: quizás su amado, su madre, su perro, o quizás viajaría a París y ya no regresaría.
La Respuesta de Mariana
La pava comenzó a silbar. Mariana se recuperó del letargo en el que se había sumergido. Planeó y pensó. Esta vez necesitaba ser más dura con Ella, o quizás más tierna. ¿Y si le demostraba amor? Porque creía que la amaba. A veces, cuando Ella temblaba o se emocionaba, se aferraba a ella, inundándola de sentimientos a los que era tan reacia. Era como un parásito, en el buen sentido de la palabra. Tomó un pedazo de papel de sus apuntes y una birome, se acomodó en su cama con los ojos empañados de lágrimas y escribió:
Porque me decís estas cosas… Cómo enamorarte, ¡eso es para cobardes, y vos no sos cobarde! Eso déjalo para las adolescentes que miran novelas y escuchan temas de amor y de puros cuentos. Perdóname, ¿no te dije mil veces que el amor romántico no existe? Es solo una hormona revolucionada, disfrazada de besos, corazones y bombones de chocolate, y que todo eso después lastima y se cura con alcohol, y con besos de otra boca. Pero… ¡pero todo te tengo que contar! Te pido por favor, vení a verme y de paso si querés me contás del chico de ojos café, así te hago cambiar de idea, TONTITA. Como cuando me hablaste del rubio de ojos azules, ¿te acordás? El que vivía en Europa, y me lo dijiste ese día en que estábamos tomando un café en Piazza San Marco en Venezia. Qué lindo, esa noche estabas bastante ebria, esa eras vos esa vez, te reías a carcajadas contándome cuando él te dijo que te amaba. ¿Te acordás cuando vino a Buenos Aires con su porte, y ese traje que le quedaba soñado? Yo no sabía si reírme o llorar, qué pena. Debería haber estado ahí e impedir que se fuera tan triste, pero me lo contaste después que él se tomó ese avión a no sé dónde. Bueno, te dejo ahora. Cuando vengas vamos a hablar duro y tendido, hace tanto que no te veo, solo te limitás a dejarme alguna cartita debajo de mi almohada, como si me tuvieras miedo. ¡¿Miedo de mí?! ¡Si te cuido de los dolores de esta vida! Te quiero.
P.D.: Sos mi revolucionaria, no te enamores.
El Bucle Infinito
Ella estaba casi segura de que lo amaba, y estaba casi furiosa cuando encontró la carta. "Bla blablabla… muy lindo todo y qué hago, a ver… ¿lo dejo pasar? ¿Le planto un portazo en la cara, como al rubio europeo ese que me juraba amor eterno y se había olvidado que tenía una novia esperándolo? ¡Sí!, se fue, pero la hubiera dejado por mí, va, eso me dijo. Me acuerdo de esa noche cuando me dijo que me amaba, llegué corriendo y temblando y se lo dije a Mariana: 'Va a dejar todo por mí, me dijo que lo espere, me llevó a una fiesta y me presentó como la novia, qué papelón'. Lo único que recuerdo es que perdí la conciencia y la recuperé tres días después, creo que estaba toda besada y mordida… ¡¿Eso es amor?!"
Aun así, no podía negarse a sí misma el galope de su sangre. "¡Corre por mis venas el amor!". Planeó no escucharla más esta vez. "Corto mano, corto fierro". Arrugó la carta en la mano y la encestó en la basura. Al grito de "¡Gol!".
Luego, con una determinación que parecía ajena a su ira anterior, Mariana tomó un nuevo papel y escribió con mano firme, en una letra que reflejaba la personalidad de Ella, la frase que Ella acababa de "pensar" para Mariana:
Ya no iré a visitarte, no es justo que sientas por mí algo tan fuerte, me destroza el alma cuando pienso en vos y la verdad tengo que dejarte, ya no vuelvas tampoco, no voy a ir a buscarte, tengo razones suficientes para negarme a sufrir. Ya todo ha terminado.
Atte.
Ella
Pero mientras escribía, una sonrisa amarga apareció en su rostro, la misma sonrisa que se había dibujado horas antes al despertar. La voz de Mariana volvió a resonar en su cabeza, casi superponiéndose con sus propios pensamientos de Ella:
"Qué lástima, pobre Mariana se niega al amor, se niega a los placeres y se niega a mí… o se cree que soy boba, que puedo estar enamorada. Pero aún no he perdido el juicio. Le comenté que amo un tema en francés, que me recuerda a él, y se hace la desentendida. 'Éblouie par la nuit, Éblouie par la nuit'. Voy a repetirlo mil veces hasta que lo pronuncie perfecto y se lo voy a cantar cuando la mire a los ojos, a ver qué cara pone la infeliz. Ay, ay… ¡el amor es para cobardes! Y yo, yo, yo… pienso que el amor es para valientes. Oui madame, oui Monsieur, el amor es para gente como una, déjame vivir, MARIANA."
Sin pensarlo, su mano volvió a la birome y, sobre el mismo papel, comenzó a añadir:
Te escribo otra vez, intenté hablarte y no tengo respuesta alguna, quiero una cita o vení a visitarme. Ahh, me olvidaba, vino el chico de ojos color café, creo que era él, lo saqué por la mirada, de esa que enamoran y desvelan a cualquiera. Hay que tener fortaleza para no enamorarse, en eso tenés razón. Preguntó por vos y yo le dije que te habías ido a París, que yo no te pude acompañar, quizás hice mal, o quizás no. Igual no te preocupes, si te quiere va a volver, o se irá a buscarte, en algún lado de los Campos Elíseos, seguro va a encontrarte si se lo propone, pero creo que a él no le importás demasiado, encogió los hombros, dio un paso hacia atrás y se marchó… Perdón, perdón, amiga, te mentí esta vez, bueno, alguna vez también lo hice, a veces las mentiras piadosas no se cuentan como mentiras.
P.D.: Primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar sin pensamientos…
— Espera, ven, ven… hay algo para ti.
Y en un nuevo arrebato, borró las últimas líneas y reescribió, con la letra temblorosa de Mariana, la carta de despedida que ya había leído una y otra vez, de su propio puño y letra, escrita en un momento en que era Ella:
Ya no iré a visitarte, no es justo que sientas por mí algo tan fuerte, me destroza el alma cuando pienso en vos y la verdad tengo que dejarte, ya no vuelvas tampoco, no voy a ir a buscarte, tengo razones suficientes para negarme a sufrir. Ya todo ha terminado.
Atte.
Ella
La mano se detuvo. El papel, ahora un amasijo de textos superpuestos y tachaduras, yacía en su regazo. Los ojos de Mariana, o los de Ella, miraron el caos de palabras, la lucha interna plasmada en tinta. La melodía de Neil Young volvió a sonar en su mente, distorsionada, un eco incesante. Se levantó, la mirada perdida, dirigiéndose al espejo. En el reflejo, dos expresiones se superponían y se alternaban, una de melancolía profunda, otra de furia desafiante. La sonrisa y el ceño fruncido. La fortaleza y la vulnerabilidad. Ella y Mariana, Mariana y Ella. Atrapada. Para siempre.
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