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La casa de los niños perdidos ( Las casas tienen memoria)

Era una tarde de otoño. Por la ventana divisaba la hojarasca acumulándose en el patio. Teníamos un hermoso árbol, pero estaba casi completamente pelado. Hacía unos días que no me sentía bien. Las noches se me hacían eternas, me costaba dormir. Siempre iba por un té tibio de tilo con miel, como un pequeño ritual que no terminaba de calmarme. Pogo, mi gato callejero, solía hacerme compañía en la cama. Pero últimamente se quedaba junto a la ventana, inmóvil. Por más que lo llamara, no reaccionaba. Aun así, sabía que me escuchaba: rascaba el vidrio con una pata y emitía un sonido extraño, como un chillido contenido. Nos mudamos hace tres semanas, pero no tuve tiempo de desempacar. Apenas saqué algo de ropa; el resto sigue en diez cajas apiladas, que a veces siento que me observan y me piden que las abra. Anoche me pasó algo espeluznante. Estaba contemplando el patio, con su pasto ralo y el árbol desnudo, cuando vi caer una piedra. Enorme. Luego otra. Y otra. No sé cuántas. Solo vi cómo el suelo se estremecía. Del susto, Pogo se metió bajo la cama. Yo me quedé paralizada. Las piedras venían, creo, del fondo del patio… donde está esa baulera antigua, una especie de cuarto para herramientas y cosas que nadie usa jamás. No me atreví a salir. La luz del techo comenzó a parpadear… y la lámpara explotó. Pogo ya se había escondido bajo las sábanas. Yo crucé el pasillo casi corriendo, cerrando los ojos al pasar junto a esas cuatro muñecas extrañas que aún no tuve valor de sacar. Me metí en la cama con el corazón latiendo en el cuello. Nos dormimos envueltos en ruidos raros. A la mañana siguiente, Pogo me despertó lamiéndome la cara. Su lengua áspera me trajo de golpe a la realidad. Corrí hasta el living. Abrí las cortinas. Ahí estaba el árbol, perdiendo sus últimas hojas. Sus ramas, negras y secas, parecían dedos esqueléticos que intentaban atraparte. El parque estaba limpio. No había ni rastro de piedras. Solo la hojarasca, moviéndose en forma de remolino, como si danzara en un idioma que no entiendo. Esa misma mañana, una vecina muy anciana me saludó desde la reja. Me observó con una mezcla de lástima y advertencia. —¿Vos sos la que se mudó en la casa del fondo? —me dijo. Asentí. —¿No sabías? Esa casa está maldita. Ahí vivía el Hombre del Jardín. Me quedé helada. Esa tarde, investigué. Pregunté en el barrio, busqué en foros, hasta que encontré un blog olvidado donde contaban la leyenda. Hace más de ochenta años, vivía allí un hombre callado, sin familia, que según las malas lenguas, no era de este mundo. Decían que atraía chicos con dulces y juegos… pero nunca se los volvía a ver. Cuando lo descubrieron, lo mataron a piedrazos. Pero su cuerpo jamás apareció. En el jardín encontraron restos de huesos pequeños y cuchillos oxidados, enterrados en la tierra húmeda. Desde entonces, la casa quedó vacía por años. Quien se mudaba, se iba. Algunos aseguran que el hombre sigue ahí, en otro plano, como atrapado en un bucle, buscando los cuerpos de los niños que él mismo hizo desaparecer. Las piedras... las piedras son su lenguaje. Desde esa noche, cada vez que escucho una caer, sé que no estoy sola. Y que Pogo tampoco duerme. (Toda coincidencia no es casual. Las casas tienen memoria.)

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