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Venecia sin ti, un descenso al abismo-

Altamira, con el corazón destrozado y el alma exhausta de tanto amar, corría por las callecitas laberínticas de Venecia. No era la Venecia romántica que conocía, la de los atardeceres dorados sobre el Adriático que tanto amaba. Esta era una ciudad de sombras y ecos, un laberinto acuático que reflejaba la tormenta en su interior. Llevaba arrastrando una maleta, cuyo peso no era solo el de la ropa, sino el de cada amor fallido, cada intento desesperado por aferrarse a un sentimiento que se le escapaba como la niebla entre los dedos.

Coqueta por naturaleza, siempre había adornado su vida con ilusiones, pero ahora, ni la belleza gótica de la ciudad lograba maquillar el abismo que sentía. Se esforzaba por seguir enamorada, lo juro, con cada fibra de su ser, pero la verdad era que el amor se había convertido en una carga. Una condena. Cada recuerdo de pasión, cada beso prometido, era ahora una punzada, un eco vacío en el rincón más íntimo de su ser. Ya no había dulzura, solo el amargo sabor de la derrota.

Levantó la vista, desorientada, sus ojos fijos en la negrura que se cernía sobre los canales. Un escalofrío le recorrió la espalda. De pronto, el brillo de la luna se rompió en el agua oscura, como un cristal que se quiebra, y en ese instante, una decisión fría y terrible se apoderó de ella. No era el miedo a morir lo que la atenazaba, sino el miedo a seguir viviendo sin sentir. El vacío se había vuelto un monstruo más grande que la propia muerte.

Apoyó la pesada maleta en las húmedas escalinatas del Puente de los Suspiros, ese lugar que había visto tantas promesas y tantas despedidas. Sus dedos, temblorosos, acariciaron el asa de la maleta como si se despidiera de una parte de sí misma, de una vida llena de intentos fallidos de amor. No dudó. No hubo grito. Solo el eco de su propio nombre susurrado por el viento helado, un adiós a la Altamira que había sido.

Se arrojó. Venecia, la ciudad que siempre había amado y que ahora parecía un sudario húmedo, se tragó a Altamira en un instante. El agua gélida y oscura la envolvió, no como un abrazo, sino como las garras de una criatura ancestral que por fin reclamaba lo que siempre había ansiado. No fue un ahogamiento, no. Fue una disolución. Una entrega anhelada. Cada burbuja que escapaba de sus labios no era aire, sino el último aliento de una esperanza rota. El dolor de no poder amar más, de estar vacía por dentro, era mucho más insoportable que el frío abrazo de la muerte.

Las sombras del canal la reclamaron, susurrándole secretos inaudibles mientras su esencia se fundía con las corrientes turbias, con la podredumbre centenaria que se escondía bajo los palacios. Desde esa noche, dicen algunos, en la más densa niebla veneciana, si miras con atención el agua oscura bajo el Puente de los Suspiros, podrás ver, por un instante, un leve destello en las profundidades. No es un reflejo de la luna, ni el brillo de un pez. Es el último eco de una coquetería desesperada, un parpadeo fugaz de los ojos de Altamira, eternamente atrapados en el abrazo frío de la ciudad, obligados a observar desde el abismo cómo los amantes suspiran sin saber que caminan sobre un corazón que se rompió no por la ausencia de amor, sino por la agonía de ya no poder sentirlo.

Mi muñeco vudu , microrrelato de terror

Débil, tirada en una cama, amanecí. La soledad mi única compañía, eso pienso, a lo lejos puedo observar un extraño objeto. Por más esfuerzo que hago en intentar enfocarlo, mi astigmatismo no me deja. Me intriga. Son como unos palitos que sobresalen de una pelotita, tarea imposible, para mis torpes ojos. Tomo una pelota y le atino al objeto. En ese instante, siento un dolor incapacitante en mi pierna, como si alguien me hubiera golpeado con un bate. En cuanto me recupero llamo a Jonás, mi perro, le ordeno que me lo alcance, Jonás obedece. En cuanto Jonás toma el objeto, siento como se me abre en dos la panza, y cuando me lo atrae, veo un muñequito vudú con mi rostro. Presa del espanto de que se lo coma mi pequeño Jonás, lo guarde en un lugar seguro y ahí quedara para siempre.

El Regreso de Juana Osah ( La maldicion de los gitanos)

  Me siento realmente emocionada y querida. Yo, Juana Osah, escritora retirada, un buen día y después de seis años, he vuelto a escribir. ¡G...