Me siento realmente emocionada y querida. Yo, Juana Osah, escritora retirada, un buen día y después de seis años, he vuelto a escribir. ¡Gracias!
Todo había terminado ese 2 de noviembre, cuando sonó el teléfono. La voz de una mujer con un acento muy extraño, pero familiar, me dijo: "Ana, tu madre ha muerto. Iremos por ti", y colgó. Ese fue el fatídico día en que mi madre se llevo a la tumba y con ella toda mi inspiración y, lo que es aún peor, su gran secreto. Sumida en una profunda tristeza, me sentía incapaz de escribir. Solo pensar que alguien intentaría asesinarme me desesperaba.
Por esos días, nos veíamos muy seguido con mi madre. Solía contarme la historia de unos gitanos que alguna vez visitaron el pueblo donde vivía de pequeña.
Después de la muerte de su madre, Ana comenzó a experimentar una suerte de sueños recurrentes. Siempre soñaba con la misma mujer: tez oscura, cabellos negros y largos. Adornaba su cabeza un pañuelo azul con flores rojas y una hilera de monedas enmarcaba su frente. Tenía una risa burlona y sarcástica que la iba transformando en un ser temible. En ese momento, y entre sollozos, Ana despertaba de su cruel pesadilla. Cada vez que lograba despertarse, casi sin aliento e inmovilizada del espanto, quedaba con la sensación de ahogo, miedo y la creencia de que todo había sucedido realmente. Y esa voz que le vaticinaba un espantoso desenlace: "Vas a morir igual que tu madre, Ana".
Ya han pasado seis años de aquel accidente. Ana agradeció a su público en la presentación de su nuevo libro de cuentos cortos, "Anima Oscura", que constaba de seis partes, una por cada año de su madre fallecida. "Anima Oscura" lo fue todo, el resurgir de la tristeza de su gran pérdida. Y lo que es aún más, lo escribió en tan solo dos meses.
El Reloj de Edith
En las afueras de Buenos Aires, en una noche tormentosa, Edith y su niño fueron echados de su casa de una manera muy violenta. Su suegra, oriunda de un pueblito del interior del país, había regresado tras la muerte de su hijo Antonio , sin más que reclamar que la vivienda y unas sillas destartaladas. La vieja, como la llamaba Edith, aprovechó la situación para desalojarlos sin ninguna piedad.
Antonio Contreras era un hombre de mucho corazón. Su carácter empático lo llevó a desposar a Inés, haciéndose cargo del pequeño que estaba gestando, de padre desconocido. Amalia, "la vieja" como la llamaba Edith, estaba enfurecida, viendo cómo Antonio era el hazmerreír del pueblo. Presa del odio, maldijo a Inés y, al dar a luz, esta falleció, dejando huérfano al pequeño Teo, como lo llamó Antonio. La vieja, enfurecida, volvió un tiempo a su pueblo. En ese entonces, Antonio conoció a Edith, la "madre salvadora" como la llamaba él, en un accidente Antonio perdió la vida y la vieja, volvió para vengarse.
La lluvia impetuosa azotaba ferozmente a Edith y a su niño. Sus pocas pertenencias habían quedado desparramadas en el barro. Edith lloraba y suplicaba entrar, golpeando la ventana de su casa por una noche más, al resguardo de aquella tremenda tormenta.
Una vieja cortina se cerró con un chasquido, y la luz se apagó, dejando a Edith y su niño en la oscuridad. La desesperación grabada en el rostro de Edith fue lo que hizo detener a Iván el gitano, un hombre algo tosco en apariencia, pero de modales impecables. Él, con su cabello ondulado y sus manos fuertes, contrastaba con ella, débil y lánguida, de cabellos rubios. Pero el niño, en cambio, era bien moro, con una melena oscura y ojos grandes, los tomo en sus brazos y se los llevo. Al bajar a Edith de su caballo, Iván quedó prendado de su belleza y de ese pequeño retoño de apenas dos años. Pero el era un hombre casado y sabia que no debia fijar los ojos en otra mujer y menos en una que no sea gitana.
Él la acompañó hacia la puerta, donde la recibió Rosario, desconfiada, tímida. La miraba aterrada, como sabiendo quién era y lo que estaba por suceder. Dicen las malas lenguas que el vientre de Rosario estaba maldito, y el de su madre y el de su abuela, y que sabía perfectamente que ella jamás podría darle un varón a Iván, y él estaba desesperado.
Edith no sabía qué podría hacer, viuda, sola y con esa criatura. Teo no paraba de llorar. Iván estaba embobado con ella, a tal punto que Rosario temía perderlo. Ella sabía muy bien que él iba a abandonarla, Némesis lo había visto en sus cartas.
Por esos días, la tensión de la piel se dejaba oler en el ambiente. Pero llego el dia que Rosario trato de evitar y no tuvo mas remedio. Una noche todos en rueda, sentados sobre almohadones de colores vivos que ornamentaban el lugar. Una llamada a la puerta hizo salir corriendo a Rosario: su hermana iba a dar a luz y ya no había tiempo, el niño venía de nalgas.
Edith quedó de frente a Iván. Todos se habían ido poco a poco, como si el destino hubiese jugado su papel.
Teo dormía en una habitación improvisada con una cortina. Iván se acercó a ella y se cumplió la profecía. Los amantes sintieron vergüenza de su acto tan impuro.
Rosario se dio cuenta por mujer y por olfato, pero el ojo de una gitana vio lo que no tenía que ver y muy lejos de un arranque de celos, sabía que debía ganar.
A la mañana siguiente, Rosario tomó la mano de Edith, la miró muy tristemente a los ojos y, dejando caer dos lágrimas negras que rodaban por su rostro moro, tomando el reloj de oro de su marido y casi suplicándole, le dijo que ella estaba esperando un hijo de Iván, Abrió sus manos y le dio el reloj.
-Úsalo para instalarte y conseguir un trabajo, aquí puedes dejar a Teo mientras tanto, nosotros te lo cuidaremos, te lo juro, menciono Rosario.
Edith presa de la vergüenza tomo el reloj beso a Teo, y huyo, sin saber que el destino le jugaría una mala pasada.
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